En noviembre de 2013, a pocas semanas de empezar mi destino en San Vito, salí rumbo a la Península de Osa. En esta larga lengua de tierra que se adentra en el Pacífico Sur de Costa Rica se encuentra el Parque Nacional Corcovado, un lugar que National Geographic describió como el sitio biológicamente más intenso de la Tierra.
Casi no había investigado nada. Ni siquiera llevaba un mapa. Y aun así, la península recibió sin reservas a este viajero que improvisa sobre la marcha. Quiero dejar aquí la crónica de dos visitas, en 2013 y 2014.
Hacia la Península de Osa: salir de casa a las 5:30
De San Vito a Puerto Jiménez, el pueblo que sirve de puerta de entrada a la Península de Osa, había un largo camino. Salí de casa a las 5:30 de la mañana y encadené un autobús con una lancha. En la Costa Rica rural, incluso los lugares cercanos son difíciles de alcanzar. Esa sensación de «cerca pero lejos» la viví muchas veces en este país.
Ya a bordo, me quedé tan absorto mirando el mar por la ventana que se me escapó un grito de asombro, y el señor de al lado me cedió su asiento. Quizá pensaron que era la primera vez que veía el mar, porque una señora me animó a probar el agua salada. Estaba salada, por supuesto. La gente del campo es cálida.
Cuando llegué a mi hotel en Puerto Jiménez, había aves de colores posadas en los árboles de alrededor. El hospedaje prestaba kayaks gratis, así que salí a remar al mar. Me dijeron que con suerte vería monos, pero ese día no fue así. El encuentro con los animales quedó reservado para la mañana siguiente.
El Parque Nacional Corcovado: una caminata matinal con don Fernando
A la mañana siguiente salimos a las 4:30. Los animales están más activos al amanecer y al atardecer y, como decía mi guía don Fernando, «las 4:30 es la mejor hora». Corcovado no se puede recorrer sin guía. En ese inmenso bosque primario, encontrar animales solo con los propios ojos es prácticamente imposible.
El guía avanzaba por el bosque con paso seguro y, de vez en cuando, se detenía a señalar hacia las ramas. Allí arriba siempre había algo. En lo alto de un árbol, un mono carablanca (capuchino): el mono que sale en Piratas del Caribe. Más adelante, un mono araña cruzaba el dosel alto. De las cuatro especies de monos de Costa Rica —congo (aullador), carablanca, ardilla y araña—, esta península es un bosque donde viven las cuatro.
El guía se detuvo de golpe y señaló el tronco de un árbol. Lo que se aferraba allí era un tamandúa (oso hormiguero): no un mono, sino un animal que lame hormigas y termitas con una lengua larga. Levantaba su largo hocico y se sujetaba con firmeza a la corteza con sus gruesas patas delanteras. La especie de Centroamérica es el tamandúa norteño (Tamandua mexicana). Suelen ser de hábitos nocturnos, así que verlo de día —y además trepando— fue una verdadera suerte.
Lo que más me llamó la atención mientras caminábamos fue una lapa roja (guacamayo escarlata). Un cuerpo de rojo intenso, alas amarillas y azules. Corcovado es conocido como uno de los hábitats de lapas rojas más fuertes que quedan en Costa Rica. Contra todo aquel verde, ese rojo era casi demasiado vivo.
Al mirar hacia arriba, un ave rapaz estaba posada en una rama seca. Más allá del suelo del bosque, hay otro mundo de seres vivos en lo alto del dosel.
Al salir a la arena, las huellas de una tortuga marina habían quedado nítidas e inconfundibles: la línea arrastrada de un cuerpo pesado, marcada punto a punto en la playa. Una tortuga había subido en la noche a desovar. No llegué a ver a la tortuga, pero solo con ese rastro quedaba claro: este es un lugar donde la vida está en marcha.
Bahía Drake: una carrera de bicicletas inesperada
En marzo del año siguiente, 2014, me dirigí a Bahía Drake, en el noroeste de la Península de Osa. Todo empezó con una invitación informal de Mariano, alguien que conocí por el trabajo: «¿Vamos en bici al mar el viernes después del trabajo?». Aun sabiendo que nueve de cada diez personas allí serían desconocidos, si me invitan, voy. Esa es mi norma.
Cuando llegué, todos montaban bicicletas de aspecto profesional. Hasta los señores y señoras con barriga iban vestidos como profesionales. Resultó ser una carrera de verdad. Con mi vieja bicicleta entregada por JICA —y sin saber siquiera que era una carrera— renuncié a participar y me fui al mar en carro. A mi padre, fanático del ciclismo, le encantaría este país, pensé justo entonces.
Se dice que Bahía Drake debe su nombre a la leyenda de que el navegante del siglo XVI Francis Drake ancló en esta bahía. El mar es tranquilo y desde aquí se puede ir en lancha a la Isla del Caño o al lado norte del Parque Nacional Corcovado. Es la otra puerta de entrada de la península.
Lo más divertido de aquel día fue nadar en el río. Le pedí prestado el kayak a un chico que andaba por ahí y jugamos a volcarlo una y otra vez. El celular del chico quedó completamente empapado. Y aun así, todos los presentes se reían. Qué país tan maravilloso, pensé sin más.
«El lugar biológicamente más intenso de la Tierra»: el milagro de Corcovado
Corcovado fue declarado parque nacional en 1975. A lo largo del suroeste de la Península de Osa se extienden unos 424 kilómetros cuadrados de bosque lluvioso primario. Es uno de los pocos lugares de Centroamérica donde aún sobrevive un bloque considerable de selva tropical de tierras bajas.
La descripción de National Geographic de este lugar como «el sitio biológicamente más intenso de la Tierra» se cita a menudo cuando se habla de Corcovado. Costa Rica representa apenas un 0,03 % de la superficie terrestre del planeta, pero se dice que alberga cerca del 5 % de las especies conocidas del mundo. Corcovado es un rincón donde esa densidad se concentra aún más.
Sin embargo, este bosque no estuvo protegido desde el principio. En el siglo XX se encontró oro en la península y hubo una época en que los oreros se volcaron sobre el bosque. Excavaban los ríos y cortaban la selva. En la década de 1980 fueron retirados del parque y el bosque primario se conservó por muy poco. El bosque que hoy podemos recorrer con un guía se sostiene sobre aquella decisión.
Dantas, jaguares y lapas rojas: animales que han mermado en otras partes siguen vivos aquí. Aquella lapa roja, posada en una rama y mostrando sus plumas de rojo intenso, era también un ave que representaba el milagro que es Corcovado.
Un autobús y una lancha hasta la península, despertarme a las 4:30 para caminar el bosque con un guía, colarme en una carrera de bicicletas, volcar el kayak de un chico por pura diversión. Casi no había planeado nada. Y aun así, la Península de Osa me acogió por completo, sin que yo supiera nada. El lugar más «intenso» de Costa Rica está, probablemente, justo en el borde del mapa.
Guía de viaje (información general)
※ Esta sección combina información pública con notas del autor. Confirma las reglas de ingreso y las condiciones de los tours más recientes en las fuentes oficiales (SINAC) y con las oficinas de turismo locales.
Parque Nacional Corcovado
- Ubicación: suroeste de la Península de Osa, provincia de Puntarenas. Unos 424 km² de bosque lluvioso de tierras bajas (declarado en 1975).
- Estaciones de guardaparques: Sirena, La Leona, San Pedrillo, Los Patos y otras. Sirena es la base más interna del parque.
- Guías: el ingreso exige ir acompañado por un guía certificado. Lo más seguro es reservar el tour con al menos un día de antelación.
- Temporada: la estación seca (diciembre–abril) facilita la caminata. En la estación lluviosa los senderos se enlodan y los ríos pueden crecer.
- Fauna: lapas rojas, las cuatro especies de monos de Costa Rica, dantas, pizotes y más. Hay jaguares, pero rara vez se ven.
Acceso (dos puertas de entrada)
- Puerto Jiménez: el pueblo principal de la costa este de la península. Desde San José en vuelo nacional o en autobús de larga distancia (unas 8 horas por tierra). Base para el lado de La Leona / Sirena.
- Bahía Drake: en el noroeste de la península. Se llega por tierra o en lancha desde Sierpe. Base para el lado de San Pedrillo y para los tours a la Isla del Caño.
- Desde los pueblos, llegar al parque exige otra lancha o caminata. Lo habitual son las salidas de madrugada.
Consejos para observar fauna
- La actividad de los animales tiene su pico al amanecer (5–8 h) y al atardecer. Que los tours salgan temprano tiene su lógica.
- El «ojo» de un guía local está a otro nivel: encuentra monos escondidos entre las hojas y criaturas camufladas una tras otra.
- El zoom del celular llega pronto a su límite. Unos binoculares (alrededor de 8x42) cambian la experiencia.
- Usa calzado antideslizante, lleva repelente y protección solar, y bebe agua con frecuencia.