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Ya entrado 2026, no hay señales de recuperación en la vida cotidiana cubana. En algunas zonas los apagones duran cerca de 20 horas al día, y la escasez de alimentos y medicinas se ha vuelto rutinaria. Las ONG de derechos humanos informan de presos políticos que van desde varios cientos hasta más de mil, y se dice que la emigración reciente equivale a alrededor de una décima parte de la población. Dentro de la isla avanza un colapso silencioso. Quiero mirar esta historia desde la perspectiva de la protección social y la primera línea de la salud y el bienestar.

Qué ocurrió

Según los informes de prensa y los recuentos de derechos humanos, Cuba ha registrado más de mil protestas al mes desde comienzos de 2026. Algunas se clasifican como enfrentamientos directos con las fuerzas de seguridad, y los observadores señalan que no solo cambia la escala, sino el carácter mismo de las protestas.

Detrás de esto está el colapso de la infraestructura básica. Las plantas eléctricas envejecidas, sumadas a la falta de combustible, han hecho de los apagones prolongados la norma. En los hogares sin luz ni refrigeración, conservar los alimentos se vuelve difícil, y los centros médicos luchan por mantener los equipos en funcionamiento. La escasez de combustible también golpea el transporte público: el servicio de autobuses se ha reducido y los trayectos de horas se han vuelto comunes. En noches de marzo de 2026, el sonido de las protestas con cacerolas se extendió por toda la capital, La Habana.

Contexto

La crisis eléctrica de Cuba se agravó en 2024. La escasez crónica y una economía estancada persistían desde hacía años, pero su ritmo y escala se han acelerado recientemente. Desde las grandes manifestaciones de julio de 2021, el gobierno ha intentado reprimir la acción callejera mediante una represión organizada, pero el número de protestas ha seguido aumentando.

Lo que destaca es su espontaneidad. En lugar de ser movilizadas por una organización política concreta, cada vez más ciudadanos que reclaman alimentos y electricidad se reúnen por su cuenta. Continúan los arrestos, las detenciones y las salidas forzadas. Las estimaciones de presos políticos varían según el grupo, pero van de varios cientos a más de mil. Se dice que muchos son participantes de las manifestaciones de 2021, y han sido notorios los juicios prolongados.

El punto de contraste

Otra cifra impactante es la emigración. En los últimos años, se dice que cerca de una décima parte de la población ha abandonado la isla, un dato reconocido incluso en las estadísticas oficiales. Los principales destinos son Estados Unidos, España y México, y muchos toman rutas terrestres peligrosas. Esta salida es a la vez una pérdida de fuerza laboral y la expresión más clara de la pérdida de confianza en el gobierno.

Lo grave es que muchos de los que se van son los profesionales que sostienen la infraestructura social: médicos, enfermeras, docentes y técnicos. Cuando estas personas desaparecen, la salud, la educación y los servicios públicos se degradan aún más, lo que a su vez empuja a más gente a marcharse: un círculo vicioso. Mientras tanto, la cobertura internacional tiende a centrarse en las sanciones económicas de Estados Unidos y la diplomacia, dejando en segundo plano el ciclo diario de apagones, escasez, protestas y partidas dentro de la isla.

Mi perspectiva

Lo que más me preocupa aquí es la normalización de la crisis. Los apagones, la escasez y las protestas ya no son emergencias, sino parte de la vida diaria. Sin embargo, vista desde la perspectiva de la protección social y la primera línea de la salud y el bienestar, esa misma cotidianidad es lo fatal. Cuando se corta la electricidad, se pierden los medicamentos que necesitan refrigeración, y se detienen también los dispositivos ligados directamente a la vida, como respiradores y máquinas de diálisis. Los primeros y más golpeados son quienes no pueden asegurarse alternativas por sí mismos: las personas con enfermedades crónicas, las personas con discapacidad y los ancianos, los más vulnerables de todos.

Tras haber estado vinculado a América Latina durante mucho tiempo y haber vivido en Costa Rica, he llegado a sentir que los sistemas de protección social y de salud son la base que sostiene la dignidad humana. Por eso el éxodo incesante de profesionales en Cuba no me parece un problema ajeno. Lo que queda tras la marcha de médicos y enfermeras es el colapso institucional y personas que carecen incluso de los medios para alzar la voz. Buena parte del sonido de las cacerolas, creo yo, es menos una demanda política que una súplica desesperada: simplemente, déjennos vivir.

Nota sobre los términos

Cacerolazo: una forma de protesta muy extendida en América Latina en la que la gente golpea ollas y sartenes para hacer ruido. Se usa para expresar el descontento por la subida de precios o la escasez, y se conoce como una manifestación no violenta en la que cualquiera puede participar.

Quienes golpean cacerolas durante apagones de 20 horas quizá no piden un cambio de régimen, sino simplemente que se les permita vivir.

Fuentes

※ Este artículo es un análisis del autor basado en información pública. Confirme los datos, fechas y procedimientos más recientes en fuentes oficiales y primarias. Las citas se mantienen al mínimo y se indican las fuentes.