La Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe recibe a decenas de millones de peregrinos al año — uno de los santuarios católicos más visitados del mundo. Después de dos años en Costa Rica, me había quedado con curiosidad por la forma en que la fe católica y las creencias indígenas se entrelazan en Latinoamérica, así que este era un lugar al que tenía que venir.
La basílica vieja y la nueva
En el predio se alzan dos templos uno al lado del otro. La basílica vieja, del siglo XVII, está visiblemente inclinada por hundimientos del subsuelo y ya no se usa como espacio principal de culto. Sigue siendo un templo histórico dentro del conjunto guadalupano, pero la función central de peregrinación y liturgia se traspasó a la nueva basílica, terminada en 1976 justo al lado.
El pasillo móvil y la tilma de la Virgen
El centro de la nueva basílica es la imagen de la Virgen de Guadalupe exhibida detrás del altar mayor. La imagen — que según la tradición apareció en la tilma del indígena Juan Diego durante la aparición de 1531 — se exhibe aquí como la tela original misma. La afluencia de peregrinos es constante, así que el pasillo frente al altar tiene tapices rodantes para mantener el flujo de personas sin atascos.
Subir al Cerro del Tepeyac
Detrás de la basílica se eleva el Cerro del Tepeyac, donde según la tradición ocurrió la aparición. Una pequeña capilla — la Capilla de El Pocito — y senderos peatonales llevan hasta la cima. Desde arriba se ve todo el conjunto guadalupano y, más allá, el extenso paisaje urbano de la Ciudad de México. Con la ciudad a más de 2.200 m de altitud, la bruma sobre las calles le da a la vista una atmósfera casi de sueño.
Lo que sentí en Costa Rica — la fe trenzada en la vida cotidiana — existe aquí en una forma mucho más concentrada. Gente avanzando de rodillas hacia el altar, otros llorando mientras rezan: Guadalupe no es un punto turístico, es un lugar sagrado todavía muy vivo.